Tres años de Navidad

Las sábanas tiradas en el suelo se interponían a mi paso cada mañana al intentar levantarme. Alzaba la vista. El escritorio de mi habitación está cubierto de papeles, unos llenos de garabatos y otros, totalmente blancos, esperando a ser escritos por alguien. Manchas de café negro dejan constancia del número de horas que permanezco sentado en este lugar, frente a una ventanita que da a la calle. Las finas cortinas dejan entrever un halo de luz que procede de un sol radiante. Por el contrario, mi móvil marca 1 ◦C. Es invierno, 6 de enero, concretamente las 17:00 según el reloj que me regaló mi madre antes de morir justo hace dos años.

A los diecisiete, todo era más fácil. Cada día, durante las navidades, mi madre y yo nos reuníamos en casa de mi abuela. Queríamos aprovechar el tiempo al máximo antes de que tuviese que independizarme para ir a la universidad. Hablar era lo que más hacíamos. Las horas pasaban rápido entre un relato y otro, una historia y otra. Mi madre siempre tuvo una imaginación sin límites y siempre soñó en publicar su libro, en el que trabaja en sus horas libres. Trabajaba cuidando a la vecina a cambio de un sueldo que no daba para mucho. En cuanto a mi padre, nunca llegué a conocerle. Mi madre nunca quiso hablarme de él. No sé ni su nombre, ni su edad, ni siquiera si vive aún.

Todavía recuerdo ese 6 de enero de 2016 como si fuese exactamente hoy. Un vierto fuerte azotaba las ventanas y una nieve densa cubría las calles del pueblo. Era el día de reyes y los pequeños ya comenzaban a mostrar sus regalos por las calles, felices y entusiasmados. Siempre que llegaba a casa, miraba el buzón, porque mi madre llevaba varias semanas esperando la respuesta de ciertas editoriales en las que había presentado su obra, y yo, esa carta de aceptación para el Conservatorio Real de Danza. Ese día, por sorpresa, vi una, la agarré fuerte como si fuese a salir volando y entré corriendo para enseñársela a mi madre. Cuando la abrió y comenzó a leerla, me bastaron 30 segundos para saber que no era una buena noticia. Su rostro se inundó de tristeza y pánico, y su mirada se clavó en la mía, penetrante. Luego se limitó a abrazarme, con fuerza, mientras lloraba desconsoladamente. Le habían diagnosticado cáncer de mama. A partir de ese momento, nuestra rutina se convirtió en viajes al médico y a la farmacia y en vueltas a casa para dejar que el silencio reinase. La ventana de mi cuarto me hacía partícipe de cómo el invierno dejaba paso a la primavera.

Tras semanas de reflexión, decidí abandonar mi sueño y acompañar a mi madre hasta el último tramo de su camino, hasta el borde de ese acantilado que tanto miedo nos da, en el que todo se acaba. 365 días nunca serán suficientes, pero en ellos fue en los que mejor conocí a la luchadora y valiente de mi madre, esa cara que nunca había mostrado, pero que yo intuía desde pequeño. Me mostró toda su obra, me describió y personifico a cada uno de sus personajes, desde lo más básico hasta el más mínimo detalle que nadie se atrevería a intuir. Me hizo partícipe del camino que ella sola había labrado, pero nunca me contó el ansiado final de la historia; ese que espera acostado un niño mientras su madre le cuenta un cuento antes de irse a dormir, o el típico de la película que mama y papa están viendo hasta que los anuncios le arruinan la sesión en casa. Unos días antes de su muerte, me propuso cederme la autoría de su obra, siempre y cuando yo pusiese el broche final, añadiendo el último capítulo de la trama. Aunque me resistí, acepté por ella, para cumplir su sueño.

Noveno café. Sigue siendo 6 de enero. Aún sigo aquí, entre toda la basura que se ha acumulado en estas cuatro paredes. Llevo cuatro horas en frente de la ventana, disfrutando de la oscuridad y el silencio. El ruido y el alboroto de los más pequeños disfrutando de sus regalos en plena calle había dado paso a la noche. Solo podía oírse el viento y unas gotitas chocar con el cristal. Había estado absorto en mis pensamientos. Últimamente me cuesta mucho concentrarme, y más para escribir. Cada navidad, saco el cajón lleno de pertenencias de mi madre que guardo bajo mi cama. Lo coloco en el escritorio, me siento, cojo un boli y mis manos se paralizan. Las lágrimas se resbalan a lo largo de mis mejillas continuamente. Hago un intento, pero una fuerza interna me empuja hacia la cama y me invita a dormir. Solo me quedan dos páginas y en ellas he decido contar mi historia, el final de una vida. Tengo que hacerlo, pues es la única manera de gritar lo que tengo guardado y poder seguir viviendo. Esa navidad lleva persiguiéndome tres años y hay que terminar con ella.

Nunca sabría que el final de esa historia, la última palabra de ese capítulo, me abriría las puertas a otra vida nueva, vacía de fantasmas y llena de espacio para construir. Cierro mi cuaderno de reflexiones y me dispongo a calentar, antes de salir a interpretar el famoso Lago de los cisnes en la Ópera de Paris.

6 de enero, 2020. París.

Antonio.

 

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